divendres, 20 de gener de 2017

precariat (diccionari Bauman)

Resultat d'imatges de precariado
El Roto
Hace no mucho tiempo hubo un período en el que la gente pensaba en términos de contrastes entre la clase media, gente segura y con dinero, mirando hacia delante, mirando hacia arriba, soñando con mejoras en su vida y, por otro lado, los proletarios, gente que vivía en la miseria, todos muy cerca o por debajo de la línea de pobreza. Esta distinción se está borrando, ya que la clase media y los proletarios empiezan a conformar una clase conjunta. A eso yo llamo precariado, de precariedad. Y precariedad significa gente que no está segura de su futuro. Las leyes salvajes del mercado implican que una compañía devora a la compañía de al lado y en la siguiente ronda de austeridad hay gente que será despedida y perderá los logros de su vida. Los logros vitales ya no son un valor seguro. Los sociólogos, después de la guerra, nos han hablado de la generación del boom, de la generación X, de la generación Y, de la generación tal y cual y ahora nos hablan de la generación ni-ni: jóvenes que no tienen educación y no tienen trabajo. Es la primera generación que no gestiona los logros de sus padres como el inicio de su propia carrera. Es al revés, están preocupados en cómo poder recrear las condiciones bajo las cuales sus padres han vivido y han logrado desarrollarse. No están mirando hacia delante, están mirando hacia atrás, a la defensiva. Este es un cambio muy poderoso.

Todos estamos en la misma tesitura de incertidumbre y de ignorancia con respecto al futuro. Después del colapso del 2007, que afectó a España muy duramente pero que también afecto a nivel global, ha habido una recuperación parcial. Pongamos entre paréntesis esta recuperación porque más del noventa por ciento de la riqueza que se produce, de esta riqueza extra, se la apropia solo un uno por ciento de la población y el resto se va empobreciendo. Claro, están las estadísticas, como hemos dicho, buscando la media. Si las sumamos todas y las dividimos entre la población, entonces hay un crecimiento económico. Pero detrás de este crecimiento, se esconden varias realidades. La gente es desahuciada de su casa, pierde su trabajo; hay muy pocas oportunidades de cambiar esta situación. Así que vuelvo a lo que dije al principio. Cuando yo era joven había una creencia popular que se basaba en que la riqueza que había arriba, en la capa social más alta, se filtraría y bajaría; todo el mundo, de una manera u otra, compartiría esa riqueza. Pero eso no está ocurriendo, no pasa. Podemos decir que los nuevos billonarios se han construido una barricada que les separa del resto de la población. Han llegado arriba de todo y han subido los puentes levadizos.

Nos estamos alejando de la morfología de una sociedad que favorece el desarrollo de las cosas solidarias. Esto se está desmoronando. Antes, la negociación colectiva establecía las condiciones de trabajo para todo el mundo; se aplicaba de manera igualitaria. La gente que llegaba a las grandes oficinas o fábricas miraba alrededor y veía que todo el mundo estaba en la misma situación. Esta era la premisa de la solidaridad, estar hombro con hombro, marchar juntos, unir las fuerzas, todos para uno. Ahora eso se ha roto porque si trabajas para un jefe sabes muy bien que espera que hagas mucho más de lo que puedes hacer; tienes que demostrar que eres totalmente irremplazable, indispensable. Que cuando llegue la próxima vuelta de austeridad tú te asegures de que te vas a quedar y que serán a los otros a los que van a echar. No hay nada que puedas ganar si intentas unir fuerzas; si te atreves a hacer eso te van a llamar rebelde y vas a ser el primero en ir a la calle. No hay racionalidad, no hay un sentido de solidaridad. Hay sentido de ser competitivo y sin piedad; considerar a cada persona que tienes alrededor como un rival, como un peligro personal.(Zygmunt Bauman)

Fake news.

Imatge relacionada

El presidente Trump ha denunciado, de manera comprensible, la política de fake news (noticias falsas) fabricadas por un grupo de demócratas que han estado tratando de socavar su mandato incluso antes de que comience. La información, contenida en un informe preparado por el FBI sobre la base de documentos suministrados por un ex agente de inteligencia británico, alega que el Kremlin ha estado "cultivando, apoyando y ayudando" a Trump durante al menos cinco años. El informe también alega que los espías rusos han sacado provecho de las "obsesiones sexuales personales" del nuevo presidente para reunir material comprometedor, basado en la estancia de Trump en un hotel de Moscú en 2013, con el que esperan chantajearle. En efecto, afirma que hay una conspiración entre Trump y Putin.

El informe completo ha sido publicado online por un cuerpo de periodistas llamado BuzzFeed, que se especializa en la distribución de noticias no oficiales. En un documento distribuido a sus miembros, BuzzFeed admite que "hay razones serias para dudar de las acusaciones", pero afirma que todas las noticias falsas deben ser publicadas porque interesan al público. Uno de sus periodistas declaró: "Éste es un documento que está siendo discutido en los círculos de los medios de comunicación y en los círculos de seguridad. Si se está informando al presidente electo, entonces es mejor poder ver de qué se le está siendo informado".

La acción de BuzzFeed plantea una cuestión muy importante que debería interesar no sólo a los periodistas, sino también al público instruido. Si no hay evidencia de que la noticia es verdadera, ¿debería ser publicada? Es interesante destacar que WikiLeaks afirma que "el documento publicado por BuzzFeed sobre Trump no es un informe de los servicios de Inteligencia. Estilo, hechos y fechas no muestran credibilidad. No aprobamos la publicación por BuzzFeed de un documento que es claramente falso".

Recientemente ha habido un brote de noticias falsas de todo tipo, no sólo online, sino también en publicaciones en papel. Los medios que se especializan en noticias falsas se pueden encontrar por todas partes, sobre todo en Estados Unidos. Sin embargo, este país también tiene algunos de los periodistas más serios del mundo. Es significativo que el New York Times, cuyo eslogan es "todas las noticias que son aptas para imprimir", se haya negado a publicar detalles de las acusaciones hechas contra Trump, y ha señalado que las acusaciones no han sido demostradas o contrastadas. Está por ver si los periodistas de todo el mundo tratarán de mantener los estándares de su profesión o si van a elegir la manera más fácil de sensacionalismo y de noticias falsas.

Sin embargo, los periodistas no son el único gremio cuyos estándares están en cuestión. Los gobiernos son sin duda alguna los mayores creadores de noticias falsas, porque su interés radica claramente en distorsionar nuestro entendimiento de eventos que el público no puede juzgar ni evaluar. Uno de los ejemplos más notables de noticias falsas fue la información que el Gobierno de Estados Unidos suministró en 2003 para justificar la invasión de Irak. En una reunión del Consejo de Seguridad, el secretario de Estado Colin Powell hizo una larga presentación de supuestas pruebas para demostrar que el régimen de Sadam tenía armas de destrucción masiva que amenazaban la paz del mundo. La noticia era falsa, pero ayudó a justificar la invasión, y permitió que el resto del mundo se dejara engañar por el FBI y la CIA. Después de la guerra, en 2006, el presidente Bush admitió que "comprendía plenamente que la Inteligencia estaba equivocada y [estaba] tan decepcionado como todos los demás" cuando las tropas estadounidenses no pudieron encontrar armas de destrucción masiva en Irak.

El uso de noticias falsas para lograr fines políticos no es, por supuesto, un privilegio único del Gobierno de Estados Unidos. Todos los estados totalitarios se han especializado en información falsa, y muchos estados que no lo son también han visto los beneficios de deformar la verdad para lograr sus propósitos. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos, sin embargo, han revelado por primera vez el papel crucial de las noticias falsas. Hillary Clinton culpó a Rusia por una campaña diseñada para hacerle perder las elecciones. Fue el mismo Partido Demócrata de Clinton el que pagó a los investigadores para investigar las visitas de Trump a Rusia. El concepto de noticias falsas adquirió muy pronto un significado específico en las agencias de inteligencia (la CIA, el FBI y la NSA) de Estados Unidos. Uno de los directores de la Inteligencia estadounidense ha afirmado que cualquier crítica al sistema electoral estadounidense está muy cerca de ser "un acto de guerra". Para estos funcionarios, la única verdadera noticia es la que ellos mismos han fabricado; todo lo demás es falso. A sus ojos, periodistas independientes e individuos como Edward Snowden y Julian Assange son enemigos del Estado porque tratan de usar fuentes alternativas de información. De hecho, toda la información no producida o controlada directamente por el Gobierno de EEUU se considera como fake.

Se necesita poca imaginación para comprender las consecuencias de este estilo de pensamiento. En un mundo donde la tecnología de la información se ha hecho increíblemente influyente, se ha vuelto esencial para algunos gobiernos controlar y, si es necesario, distorsionar la información. Un periodista de investigación estadounidense, Derrick Broze, es de la opinión de que "los medios de comunicación de propiedad corporativa, y sus socios en el Gobierno, están trabajando horas extras para difundir el meme de la falsa noticia. Este meme está diseñado para limitar, y en última instancia destruir, a los medios de comunicación independientes y alternativos mediante la censura de puntos de vistaantiestablishment". Broze declara: "Noticias falsas son las nuevas armas de destrucción masiva".

Los alegatos (en cada caso, sin pruebas) de que los rusos fueron responsables de la derrota de Hillary Clinton en las elecciones estadounidenses, y de que controlan a Trump a través del chantaje personal, son quizá los ejemplos más sorprendentes de este nuevo estilo oficial de fake news. La falsa noticia alcanza su punto de éxito cuando el público comienza a debatirla, aunque no haya evidencia de que sea auténtica. El acto de debate indica aceptación. Ahí es donde la responsabilidad de la prensa libre es primordial, pues sólo una prensa que verifique rigurosamente sus fuentes puede protegernos del efecto corrosivo de la falsa información fabricada por el Estado.

Es ingenuo creer que porque vivimos en una democracia estamos protegidos contra las consecuencias de la desinformación. Aquéllos que controlan los órganos de internet y de la comunicación son quienes también pueden controlar nuestras ideas, regularmente alimentándonos con noticias falsas. El presidente George W. Bush explicó con franqueza cómo logró engañar al público para que aceptara su historia de las armas de destrucción masiva: "En mi línea de trabajo, tienes que seguir repitiendo las cosas una y otra vez para que la verdad penetre, en una especie de catapulta de la propaganda".

La gente acabará creyendo lo que es fake. Termino con una observación de Noam Chomsky: "En las sociedades democráticas, el Estado no puede controlar el comportamiento por la fuerza. Por lo tanto, tiene que controlar lo que piensas. Una de las maneras de controlar lo que la gente piensa es creando la ilusión de que hay un debate en curso, pero asegurándose de que el debate se mantiene dentro de márgenes muy estrechos". Todo el mundo pensará que tiene una libre elección, pero, de hecho, la selección ya se habrá hecho para ellos. Lo que parece ser cierto es falso.

Henry Kamen, 'Fake news' o la política del engaño, el mundo.es 20/01/2017

Existeix la veritat política?

Michael P. Lynch

La verdad, para parafrasear a Oscar Wilde, rara vez es pura y nunca simple. Habida cuenta de lo ocurrido durante el último año, desde el Brexit a la elección de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU, se puede excusar que preguntemos si existe en absoluto. Como ha anotado más de un comentarista, parece que estamos viviendo en una sociedad de la “post-verdad” donde las mentiras se toleran y los hechos se ignoran.

Y de cualquier modo, ¿Qué es la verdad?

Esta es una cuestión tan aparentemente filosófica como retórica. Pero no es retórica. Como manifiesta claramente la oscura situación política actual, se trata de una cuestión política fundamental. Reflexionar sobre esta cuestión, sobre qué es la verdad, puede ayudarnos a ver por qué la verdad aún importa para la democracia.

Cuando preguntamos por la naturaleza de la verdad, normalmente nos interesamos en qué hace verdadera a una creencia o una afirmación (y a otras las hace falsas). Poco sorprendentemente, los filósofos (si son filósofos de veras) han estado dividido. Hablando históricamente han aparecido dos ideas, cada una organizada alrededor de una metáfora central.

La primera idea consiste en que las afirmaciones verdaderas son como mapas. La hoja de ruta que Google saca en tu teléfono es adecuada cuando representa las rutas tal como son, y es inadecuada cuando no lo hace. Del mismo modo, según la misma forma de pensar, una afirmación es verdadera cuando se corresponde con el modo de ser de los hechos. La verdad se encuentra; se trata de una correspondencia con el mundo.

La teoría de la correspondencia es una vieja idea, que se remonta a Aristóteles. Pero no carece de problemas. La objeción dominante recuerda a Wilde: la teoría parece hacer que la verdad sea demasiado llana y simple. Puede ser plausible al hablar de cosas físicas en nuestro entorno inmediato: carreteras y puentes, rosas y abejas. Pero la mayoría de las afirmaciones que hacemos están envueltas en juicios de valor, y es más difícil ver como mapas afirmaciones sobre valores. Esto es porque afirmaciones como “deportar inmigrantes es moralmente erróneo” no son empíricamente verificables. No puedes verificarlas en un laboratorio, que es precisamente lo que hace que algunos piensen que la verdad política o moral es una fantasía de los filósofos.

Pero tal cinismo es injustificado y peligroso. Si rechazas que hay alguna verdad en los valores o la política entonces rechazas que las personas pueden hacer progresos políticos y morales, y la idea de que pueden cometer errores morales y políticos. Puedes entender el progreso político sin la idea de verdad porque llevar a cabo tal progreso requiere que se mejore el juicio político de una cultura. Lo que se creyó cierto una vez (el racismo) ahora se sabe que es falso. Debemos apelar a la verdad para entender que lo entendimos mal, y para recordarnos a nosotros que es posible que lo sigamos entendiendo mal.

Este último argumento indudablemente es el más importantes para nosotros. Como sabía George Orwell, sin la idea de verdad, no podemos pretender hablarle de verdad al poder. La crítica política se convierte en una expresión de sentimientos, no en algo que pueda justificarse, o ser derrotado, por evidencias.

Por tanto, la teoría de la verdad como correspondencia es prometedora, pero no explica la verdad moral y política. Y esto, tristemente, puede motivar a que la gente se muestre cínica sobre la posibilidad de tal verdad.

También ha motivado a otro pensador para que construya la verdad como algo totalmente distinto, como una historia coherente en la que todos estamos de acuerdo. De acuerdo con este segundo punto de vista, las afirmaciones verdaderas son aquellas que encajan en una narrativa funcional, una con la que podamos explicar cosas a nosotros mismos. Afirmaciones falsas son aquellas que no encajan, que no podemos emplear, y que van contra las otras cosas en las que creemos. Podemos llamarla teoría de la verdad como coherencia.

Hay algo cierto sobre la teoría de la coherencia. No todas las afirmaciones son como pequeños mapas. Las afirmaciones sobre valores y política son más bien como historias: historias muy complicadas y desordenadas con las que entretejemos buena parte de nuestras vidas.

Pero la mera coherencia de una historia no la convierte en verdadera. Esto es porque no puedes hacer que cualquier historia sea internamente coherente a menos que estés dispuesto a decir cosas bastante disparatadas. Sin embargo, se ha dado una tendencia preocupante tanto en los EE.UU como en ciertas partes de Europa para confundir narrativas coherentes con la verdad. Esta es una tendencia que ha sido incentivada por los medios sociales de internet, plataformas que motivan la coherencia al agrupar nuestras comunicaciones dentro de webs o “redes sociales” compuestas por individuos de que comparten un pensamiento similar. Es increíblemente fácil conseguir coherencia en plataformas que, por su propio diseño, motivan el consenso. Si sólo hablamos de política con nuestros amigos y compañeros de viaje, no sorprende que que la indiscutida coherencia de las afirmaciones las haga verdaderas.

Hacer que la verdad dependa de la mera coherencia interna es un grave error, así como lo es creer que toda verdad debe ser un asunto de correspondencia con el mundo físico. La verdad sobre la verdad política es que es una combinación de ambas.

Una narrativa política verdadera tiene que ver más con su coherencia interna, pero también debe ser consistente con el resto de lo que sabemos del mundo. Debe estar entrelazada con los hechos del exterior. Los supremacistas blancos (tal vez) cuenten una historia internamente coherente que ellos valoran; pero toda su historia no puede ser verdadera porque contiene supuesto como “la ciencia nos dice que los no blancos no son tan inteligentes”. Y este tipo de afirmación debería corresponderse con ciertos hechos medibles en el mundo para ser verdadera (Pero no lo hace).

Dicho en breve, necesitamos ambas metáforas: historias y mapas. La verdad no trata sólo de historias coherentes, pero tampoco trata siempre de cartografiar el mundo. La verdad puede venir en más de una forma; pero no deja de ser real por ello.

Aquí hay una lección importante. Cuando se trata de valores, orientarse a la verdad es tan importante como lo es en ciencia, incluso si es más complejo, gris y confuso. Pero es un error creer que nuestras historias de valores están totalmente separadas de todo lo demás que sabemos sobre el mundo. Las narrativas coherentes sobre la justicia y los valores pueden ser verdad, en la medida en que también encajen con las evidencias que proporciona el mundo. Por supuesto, saber cuándo pasa esto es la parte difícil, especialmente, como es el caso en nuestra polarizada sociedad digital, si no nos ponemos de acuerdo en qué consiste la “evidencia”. Pero aunque sea así, esto no nos excusa de tomarnos seriamente la verdad, y de pedir cuentas a los que no lo hacen.

La verdad es un objetivo complicado y distante, uno difícil de saber que has alcanzado. pero hay un valor en intentarlo, y debemos continuar haciéndolo, mientras tengamos fuerzas para hacerlo.

Michael P. Lynch, La verdad en el mundo de la post-verdad, cultura 3.0 19/01/2017

Déu reapareix i què fa l'esquerra?


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Somos radicales. Hemos resuelto mentalmente todos los problemas. Nuestros discursos describen la realidad, diagnostican la enfermedad, nombran las soluciones. Las guerras, el cambio climático, el fascismo, el consumismo; en definitiva, el capitalismo. Todo está mal. El Todo es el Mal. Y eso no se soluciona con política, vehículo rutinario de reclutamiento y formación de gestores capitalistas. Hace falta revuelta, rebelión, revolución. Masas en la calle conscientes y aguerridas; líderes lúcidos y valientes. Si tuviéramos un ejército, si tuviéramos mucho dinero, si nos siguiera la gente entontecida, viviríamos ya entre fuentes de leche y de miel. Pero no tenemos ni ejército ni partidarios. Seamos radicales: hablemos. Eso sí, no hagamos política, que conduce siempre a la corrupción, la asimilación, la moderación, la traición.

¿Recordamos a qué nos condujeron las guerras? Es posible que no se pueda hacer política de otra manera, pero tampoco se puede matar de otra manera. Nuestros políticos han sido siempre asimilados por el “régimen”; pero nuestros guerrilleros también. Los parlamentos desradicalizan, las armas homogeneizan. En uno y otro caso el enemigo nos impone las reglas del juego y la psicología que las acompaña: nos volvemos venales o teleológicos, interesados o crueles, acomodaticios o místicos violentos. La solución -la única- sería fabricar un hombre nuevo con los mimbres del viejo a partir de la extensión de prácticas de politización de la vida cotidiana forjadas entre pocos, en espacios pequeños y dilatadas lentamente al conjunto de la sociedad. Es posible hacerlo; sería bueno. Con 800 años bastaría. Ahora bien, no ya a España, a la humanidad misma, ¿le quedan 800 años? Si la única solución necesita un tiempo que no tenemos y los atajos con revoluciones o con reformas reproducen fatalmente el reparto de clases, ¿qué hacer? Quedan Dios y el sexo. Dios está al alcance de todos; el sexo, sólo de los más guapos o los más ricos. Queda Dios. Dios es el más radical y, desde luego, el más populista.

Hagamos el recorrido a la inversa. Tenemos a Dios y tenemos el sexo. El sexo es para pocos. Dios es de todos y va ganando terreno. Ninguna revolución va a detenerlo; sólo podía hacerlo el capitalismo y sólo en tiempos de bonanza consumista. Tampoco ningún “hombre nuevo” va a detener ni a Dios ni al capitalismo; Dios reaparece precisamente contra el “hombre nuevo” del capitalismo, el único que existe, y no hay otro del que echar mano: regresa por eso el más viejo, el peor, el del ancien régime, con sus jerarquías, su orden natural, su patriarcado. El hombre premoderno. Frente a Dios y el capitalismo la izquierda tiene todas las de perder. Hemos perdido.

Podemos compensar nuestra derrota con radicalismo verbal, puro shibolet de autorreconocimiento energético que nos aísla entre los nuestros. Podemos decir la verdad, aunque no interese a nadie. Decir la verdad, por lo demás, ¿sobre qué? ¿Sobre el enemigo? ¿Sobre lo que queremos? ¿Sobre lo que podemos? Es fácil ser radical hablando del enemigo o diciendo lo que queremos: somos republicanos, anticapitalistas, antiimperialistas y feministas. Muy bien. Pero una declaración así no la pide el mundo sino nuestros propios compañeros activistas, a los que acabamos haciendo concesiones conyugales y sectarias: que al menos sepan mis compañeros que sigo siendo de los suyos. De vuelta a las tribus y las mafias, consuela al menos tener nuestra propia fratría.

Podemos también trabajar honradamente en focos elitistas de democracia futura, al menos para conservar de hecho una verdad antropológica que, más amenazada que amenazadora, tiene la ventaja, frente al inútil radicalismo, de ser al menos muy bonita y verdadera. Conservar la “comunidad”, como los monasterios los libros en la Edad Media, para tiempos mejores. Habrá que hacerlo, sin duda, por decoro y por si acaso. Su defecto es que no anticipa ni prefigura nada, pues entrega el tiempo de la historia a los que la destruyen a toda velocidad. Si una verdad inaudible y minoritaria es una verdad religiosa (el radicalismo es un misticismo), una comunidad densa fuera de la historia, que se limita a desmentirla desde los márgenes o a zaparla desde el borde, tiene también algo de llamamiento protocristiano al martirio.

Podemos finalmente intentar introducir algún remedio pequeño y provisional. Como los bomberos, los enfermeros y los misioneros. Pero en laico. No se trata de elegir entre lo imposible óptimo y lo posible siempre malo; ni de conformarse con un guisante para renunciar a un elefante. La política es la ciencia de introducir en el mundo, frente a lo imposible óptimo y lo posible malo, el máximo bien posible en una época concreta. La época es una mierda rocosa: no una masa de arcilla ni un papel en blanco. Contra el tiempo que apremia y en circunstancias de derrota estrepitosa, el máximo bien será pequeño, pero es lo único bueno que podemos hacer sin matar a nadie; y la condición -incierta, trabajosa- de futuros bienes más grandes y decisivos. Si no cruzamos un bien pequeño en el camino de la destrucción, como un palo en la rueda de un carro, no habrá “lugar” luego para bienes mejores. Esa tarea exige, en todo caso, una madurez que la vieja izquierda sólo tuvo para envejecer más deprisa y que Podemos, paradójicamente, parece querer dejar atrás. Lo único posible y al mismo tiempo bueno que puede hacerse -que no es mucho- se puede echar a perder, no por la consistencia fagocitadora de las instituciones ni por la moderación o radicalismo de los discursos, sino por este salto -con menos Maquiavelo que Shakespeare y Freud- a la lactancia. En Vistalegre II Podemos debería recuperar no la frescura sino la madurez de la que nació.

La “inmadurez” podemita forma parte, es verdad, de una tradición “izquierdista”. En este sentido, “radicales” y “moderados”, dentro de Podemos, son todos muy “de izquierdas”. Pero esa inmadurez es también muy idiosincrásica y epocal. La “generación mejor formada” de la historia de España es también la más mimada, la más consentida, la más ligera, la menos puesta a prueba por la historia. No tiene ni memoria ni -literalmente- experiencias. Nunca se ha jugado nada de verdad y cree ahora, por eso, que todo es un juego. Eso era una ventaja para echar andar, pero un obstáculo para echar a volar con una cuerda en el suelo. Justo cuando la historia vuelve a parecerse más a un vendaval que a un río.

De las derechas no tenemos que aprender a ser de derechas pero sí a dejar de ser “de izquierdas”. Marine Le Pen, por ejemplo, ha asociado en la cabeza de una virtual mayoría social las amenazas de la globalización a la amenaza de la islamización: Michel Eltchaninoff lo explica muy bien en su último libro, donde analiza además las metáforas “físicas” y “corporales” de la líder del FN. La izquierda, por su parte, no ha sabido asociar las amenazas de la globalización a las de la desdemocratización dominante. Al contrario. Si tiene razón el historiador camerunés Achille Mbembe -y creo que la tiene- y la globalización ha “destrenzado” por fin los destinos del capitalismo y la democracia, aparentemente unidos frente a la URSS, la izquierda ha colaborado en esa desdemocratización empeñándose en denunciarlos y combatirlos unidos, y ello cuando más se separaban. Cuando el capitalismo empezó a soltar la democracia, la izquierda soltó el mundo mismo. Ha arremetido contra la globalización como si fuera una extensión de las pretensiones universales de la razón ilustrada, debilitando así los Derechos Humanos y la democracia, abriendo paso, sin proponer nada a cambio, a geopolíticas olímpicas y relativismos altisonantes y fanfarrones pero puramente negativos o deconstructivos, y cediendo el terreno, por eso mismo, del otro lado, a una derecha populista mucho más mundana; una derecha que, tras esta obra de demolición democrática, ofrece ahora un retorno identitario, un refugio institucional, una afirmación concreta y sin vergüenza de la propia cultura “amenazada”. La socialdemocracia y, en general, los discursos dominantes de los gobiernos capitalistas son, es verdad, los que han justificado tanto las inútiles críticas de la izquierda como las destructivas de la ultraderecha asociando el nombre de la Democracia y de los Derechos Humanos a políticas económicas y sociales que han impedido e impiden la una y han violado y violan los otros. Las oligarquías y sus partidos han franqueado de nuevo el paso a la inseguridad más radical, caldo de todos los retrocesos históricos, y en este temblor del aire la izquierda se empeña en ser “de izquierdas” mientras el destropopulismo se ofrece, en corto y en plebeyo, como paraguas y manta y talismán para “la propia gente”.

La partida se juega aquí: en eso que se ha llamado “populismo”, mucho más criminalizado por las oligarquías temblorosas que el radicalismo de izquierdas, fuera de juego para esta batalla a vida o muerte: un discurso en definitiva corporal -antiglobalizador y anticapitalista- que puede asociarse a Dios o a la res publica, a la exclusión o a la inclusión, a la xenofobia o a los Derechos Humanos, a los privilegios de clase o a la justicia social, al neomachismo o al feminismo, al autoritarismo o a la democracia. En eso ha fracasado la izquierda, como señala Nancy Fraser respecto de Trump y su victoria electoral: ha faltado -dice- “una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legítimos agravios de los votantes de Trump con una crítica efectiva de la financiarización, por un lado, y con la visión antirracista, antisexista y antijerárquica de la emancipación, por el otro”. Si el neofascismo se ha desembarazado de ciertos significantes radicales clásicos -la raza, el hombre nuevo, el imperialismo, el expansionismo- para volverse defensivo y concreto, la izquierda no debería dudar en dejar caer su propio lastre para mantenerse atada al suelo mientras vuela. Toda la cuestión gira en torno a la pregunta: quién protege mejor y cómo se protege mejor a la gente. La izquierda -da igual cómo la llamemos- tiene que demostrar que la justicia y la democracia son más eficaces en esa tarea. No es fácil, aunque en España los ayuntamientos del cambio (sobre todo en el caso de Ada Colau) demuestran que los bienes pequeños y concretos pueden detener algunos carros y anticipar narraciones más grandes. No es fácil pero será imposible si partimos del presupuesto irreal -la realidad sin mundo- de que “la clase trabajadora” está esperando la llamada a la “dictadura del proletariado” (o a la militancia democrática elitista, permanente y sin descanso) para derrocar al fascismo. “Mi reino no es de este mundo” -recordaba Domenico Losurdo con buen criterio- no es el eslogan del cristianismo -ni, desde luego, del islam- sino de la “izquierda”, socialdemócrata o radical. En “este” mundo -el nuestro, cada vez más encogido- la polarización ya no puede ser, como lo fue en el período de entreguerras del siglo pasado, la que enfrenta dos formas de radicalismo sino la que opone dos formas de “conservadurismo”.

Nancy Fraser es optimista y ve en Trump un simple “interregno” y una oportunidad. Yo me he vuelto tan neurasténico que recuerdo sin poder evitarlo que lo mismo dijo la izquierda alemana de Hitler. En este Weimar global los tiempos -el tiempo mismo- no dan para más. Si nos dejamos ganar todos los asideros y perdemos esta ocasión -y no es improbable que la perdamos- sólo quedan Dios, el hombre premoderno, el capitalismo más salvaje reconstruyéndose con material de desecho. Y con tecnología punta y armamento nuclear.

Santiago Alba Rico, Dilemas, Ctx 18/01/2017

dijous, 19 de gener de 2017

Internet, la hiperesfera egolàtrica (José Luis Pardo).

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No creo, Sandra querida, que el déficit democrático sea un problema tecnológico, y por tanto no confío en que pueda existir para él una solución tecnológica (aunque no desdeño las cuestiones técnicas, que tomadas en serio son desde luego muy relevantes). Internet supone una inflación sin precedentes de la privacidad, una exaltación del ego hasta unos límites que serían ridículos si no fuera porque además son penosos. Precisamente por eso creo que es igualmente ridículo y penoso confundir esa hiperesfera egolátrica con una “esfera pública ampliada” (quienes gestionan el espacio electrónico son siempre poderosísimas empresas privadas que a veces llegan a cuestionar la legitimidad de los poderes públicos). Para mí, desde luego, las nuevas tecnologías son un instrumento maravilloso, pero también una ocasión infinita para la distracción y la dispersión. La dificultad para leer a Hegel, o para tocar el violín, sigue siendo hoy la misma que ayer: requiere de una formación, de una disciplina y de un entrenamiento que la tecnología por sí misma no proporciona. Lo que lo hace cada vez más difícil no es la tecnología, sino acaso la ilusión de que la tecnología podría resolver esas dificultades como una varita mágica, sustituyendo el conocimiento por la información (en muchos casos “información-basura”) o por el cotilleo. El problema es el modo como las instituciones educativas están utilizando la coartada de las nuevas tecnologías para imponer una enseñanza cada vez más desarticulada y descualificada, al servicio de intereses espurios que ni siquiera son siempre los de un supuesto “mercado de trabajo”.

José Luis Pardo, Correspondencias, Facebook 17/01/2017

Una mica del Proleg a "Roxe de Sebes" de Ignacio Castro Rey

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Prólogo

En aquellos años se ensayó cómo seguir siendo idealista, incluso romántico, y al mismo tiempo participar en un universo social donde toda revolución, como hoy es bien claro, se mostraba imposible.

Un hombre puede llegar a entender cien complejidades externas. Pero comprender la propia vida, precisamente en sus lapsus germinales, eso roza lo imposible. Falta ahí distancia.

Propiamente hablando, quizá en sentido estricto no elegimos nada. En días afortunados nos limitamos a reconocer lo que es inevitable, a querer y darle forma a los restos que la marea del tiempo ha dejado en nuestra orilla. Aparente fatalidad primaria que no nos ahorra precisamente el riesgo de la acción, ni facilita ninguna pasividad. Al contrario, lo contingente fuerza a un diario heroísmo, aunque con frecuencia adopte formas discretas. Una decisión clave en cierto modo no se puede pensar, pues para tomarla hay que ser tomados por ella. Nada hay más arduo que el amor fati, ese llegar a ser incansablemente lo que ya se es, un imperativo que Nietzsche formula en la tarea de convertir todo "fue" en un "así lo he querido yo". 

La historia de aquel periodo de montaña es la intentar vencer a la razón con el pensamiento. Utilizar la escritura como camino de vuelta, para desandar día a día, la tendencia a la selección, frente a la nuda existencia, que está incrustada en nuestra soberbia cultural. Alcanzar la simplicidad de la finitud, reaprender a morir para intensificar los giros del día. Este método un poco salvaje, y no una obra en sí tangible, fue lo que quedó de aquel período de soledad sonora. 

No tener más remedio que seguir es lo que explica que aquella iniciativa insensata saliese bien. Las elecciones forzadas, obligadas por lo intolerable, son las únicas que valen, lejos de lo que imagina una vana cultura urbana. Toda nuestra mitología de la elección, de una decisión libre de la aspereza de la necesidad, se derrumba cuando nos enfrentamos a uno de esos momentos cruciales en los que nos jugamos la vida. 

En el momento en que aquella coacción brutal desapareció, la montaña me echó literalmente de allí, sin poder despedirme ordenadamente ni cumplir con una retirada gradual que no fuese dolorosa.

Es muy importante atreverse a ser cualquiera. 

Rozar la aniquilación nos ayuda a aceptar ser desconocidos, incluso imperceptibles. 

Lo central en nosotros, lo destinado a durar, nunca lo elegimos. Nos escoge, y nosotros no tenemos otra alternativa que descifrar su sentido o convertirnos en la imagen viva de la derrota, de una muerte en vida.

Madrid, enero de 2016

Ignacio Castro Rey, Roxe de Sebes. Mil días en la montaña, Los libros de fronterad, Primera edición 2016

AVUI, presentació del llibre en Llibreria Laie de Barcelona, Pau Claris 85, a les 19:30 hores