divendres, 28 d’abril de 2017

Cervell, perill i errors.





Estamos hablando de una exitosa estrategia de supervivencia en la naturaleza. Eso no evita, sin embargo, que para el humano moderno pueda tener consecuencias muy perjudiciales. La respuesta de lucha o huida implica numerosos procesos físicos reales y muy exigentes para nuestro organismo, cuyos efectos no se disipan de inmediato en el momento que la percepción de amenaza desaparece. La adrenalina tarda un rato en retirarse del torrente sanguíneo hasta recuperar sus niveles normales, por ejemplo. (…) Podemos soportar toda la tensión y la preparación previa requerida para una respuesta de lucha y huida para, acto seguido, darnos cuenta de que no hacía falta. Pero eso no impide que continuemos teniendo durante un buen rato los músculos tensos, el ritmo cardíaco acelerado, etcétera, y el hecho de que no demos salida a esa tensión arrancando a correr como desesperados o forcejeando enérgicamente con un intruso puede provocarnos calambres, agarrotamientos musculares, temblores y otras muchas consecuencias desagradables de una acumulación excesiva de tensión.

Y no podemos olvidar el acrecentamiento de la sensación emocional. Alguien que ha sido preparado por su propio organismo para estar aterrado o irritado no puede desactivar ese estado al instante, por lo que, a menudo, termina descargándolo en destinatarios mucho menos merecedores de semejante reacción. Dígale, si no, a una persona que esté sumamente tensa que se “relaje” y verá qué pasa. (49)

El hecho de que el cerebro esté tan adaptado a detectar peligros y amenazas y a centrar la atención en ellos entraña problemas potencialmente crecientes para nosotros. Para empezar, el cerebro puede tomar nota de la situación presente y volverse más atento al peligro. Así, si nos encontramos en un dormitorio a oscuras, el cerebro adquiere conciencia de que no podemos ver y se adapta para percibir cualquier ruido sospechoso, Y como sabemos que, de noche, normalmente reina el silencio, cualquier sonido que oigamos en ese momento recibe mucha atención y tiene muchas más probabilidades de activar nuestros sistemas de alarma. Además, la complejidad de nuestro cerebro hace que los humanos actuales dispongamos de la capacidad de prever, racionalizar e imaginar, lo que nos permite asustarnos de cosas que no han sucedido aún o que ni siquiera están ahí, como la bata de estar por casa transformada en asesino del hacha.

El cerebro cuando no se dedica a supervisar (y, a menudo, a perturbar) el funcionamiento de los procesos fundamentales que necesitamos para mantenernos con vida, nuestros cerebros conscientes son excepcionalmente buenos imaginando fuentes potenciales de daño para nosotros. Y ni siquiera tiene por qué ser un daño físico: puede tratarse de perjuicios intangibles como la vergüenza o la tristeza, es decir, cosas que son inocuas desde el punto de vista físico, pero que realmente preferiríamos ahorrarnos, por lo que la mera posibilidad de que las sintamos es suficiente para disparar en nosotros una respuesta de lucha o huida. (50)

Dean Burnett, El cerebro idiota, Editorial Planeta 2016

Cybermedecina.




Imaginemos un paciente amnésico. Una lesión o una enfermedad impiden a su cerebro recuperar los recuerdos del pasado (amnesia retrógrada) o incluso formar nuevas memorias del presente (amnesia anterógrada). Una interfaz mente/máquina lo bastante avanzada podría conectar su malogrado cerebro a un dispositivo de memoria externo. La máquina formaría las nuevas memorias y las dejaría a su disposición en el futuro, como está haciendo mi ordenador mientras escribo esto. Y si esto funciona en pacientes, ¿por qué no los vamos a usar los demás para insertarnos la Wikipedia dentro del cráneo?

Javier Sampedro, Neuralink, El País 27/04/2017
http://linkis.com/elpais.com/elpais/20/Aa9QO

Drets per a les AI?




Si en el afán de que los robots entiendan y aprendan, de pronto adquieren consciencia (la famosa singularidad), ¿les reconoceremos algún derecho? ¿Tener derechos le haría sentido a una inteligencia artificial? Los detractores afirman que no, porque un derecho se refiere al goce de algo (la vida o la salud, por ejemplo) cuya privación causa sufrimiento o tensión. Dado que una A.I. no tiene la capacidad de sufrir ni disfrutar, no tiene sentido reconocerles derecho alguno. También están quienes exploran la posibilidad de los derechos post-humanos para las A.I. ¿Será posible programar el goce o el sufrimiento, o esperamos que surjan espontáneamente, con la tan esperada y a la vez temida consciencia robótica? Si eso pudiera programarse, ¿qué hay de la dignidad, elemento toral de los derechos humanos? ¿También la vamos a programar?

Ana Paula Rumualdo, ¿Quién se hará responsable de los errores de nuestros robots?, Letras Libres 26/04/2017

dijous, 27 d’abril de 2017

Àngels i robots (Jordi Pigem).


by Picasso
Jo utilitzo àngels en sentit metafòric. Totes les tradicions diuen que l'ésser humà pot ser àngel o bèstia. I, avui en dia, el que associem a la brutalitat són els robots. Robots militars, robots que desplacen els humans... Pel que fa als àngels, tot i que vinc del món de la ciència, cada vegada més constato que hi ha fenòmens de la vida personal i col·lectiva que no es poden reduir a la noció de suma d'individu, més individu, més individu. I, per tant, jo deixaria la porta oberta a reconèixer l'existència de realitats intangibles que, d'altra banda, totes les tradicions de la humanitat han inclòs en la seva visió del món.

Hem passat a tenir menys capacitat d'atenció que un peixet de peixera: vuit segons contra nou. Sí, crec que pot passar que els humans acabem sent més ximples que els robots. Cada vegada estem més tancats en la nostra pantalla. I a vegades hi ha coses enriquidores, però em sembla que la major part de cops el que hi ha és una fugida de l'avorriment i del buit existencial.

Àlex Gutiérrez, entrevista a Jordi Pigem: "Algunes qualitats que s'atribuïen a Déu estan representades ara als mòbils", Ara 27/0472017

intolerància (diccionari Bauman).


El Roto
La heterogeneidad cultural se está convirtiendo a marchas forzadas en rasgo inamovible y ciertamente endémico del modo urbano de cohabitación humana, pero la toma de conciencia de esta perspectiva no resulta fácil, y la primera respuesta siempre es de negación, o bien de rechazo firme, enfático y belicoso.

La intolerancia, sugiere Eco, precede a cualquier doctrina. En este sentido la intolerancia tiene raíces biológicas, se manifiesta entre los animales en forma de territorialidad y se basa en reacciones emocionales que son a menudo superficiales: no podemos soportar a quienes son distintos de nosotros, porque tienen la piel de un color distinto; porque hablan un idioma que no entendemos; porque comen ranas, perros, monos, cerdos o ajo; porque se tatúan... (...) 

Seguimos contando con unos instrumentos diseñados en el pasado para promover la autonomía, la independencia y la soberanía, cuando lo que necesitamos es hacer frente (¡una tarea imposible en sí misma!) a los dolores de cabeza surgidos de la situación ya presente de interdependencia, erosión y disolución de la autonomía y la soberanía territoriales. (...)

Se pueden concebir muchas formas legítimas, aunque condensadas y simplificadas, de recapitular la historia de la humanidad; una de ellas es la crónica de la extensión a veces gradual y a veces abrupta del «nosotros», empezando por las hordas de cazadores-recolectores (que, de acuerdo con los paleontólogos, no pudieron haber incluido a más de 150 miembros), pasando por las «totalidades imaginadas» de las tribus y los imperios, y hasta llegar a las naciones-Estado o «súper-Estados» contemporáneos, con sus federaciones o coaliciones. Ninguna de las formaciones políticas existentes, sin embargo, alcanza un estándar genuinamente «cosmopolita»; todas ellas ponen un «nosotros» frente a un «ellos». Cada miembro de esa oposición combina una función unificadora o integrante con otra divisoria o separadora; ciertamente, cada uno puede llevar a cabo una de esas dos funciones asignadas, a base y por medio de desentenderse del otro.

Esta división de los humanos entre «nosotros» y «ellos» —su yuxtaposición y antagonismo— ha sido un rasgo inseparable del modo humano de estar-en-el-mundo durante toda la historia de la especie. El «nosotros» y el «ellos» se relacionan entre sí igual que la cara y la cruz, las dos caras de la misma moneda, y una moneda con una sola cara es un oxímoron, una contradicción en sí misma.

Zygmunt Bauman, Síntomas en busca de objeto y nombre, 
El País 26/0472017

Què és el populisme?



El término populismo ha calado en la jerga política con unas connotaciones que quizás compartan, en el fondo, muchos más elementos del sistema.

Miguel Ángel Ortega Lucas, Todos populistas, ctxt 27/04/2017

Gramsci segons Podemos.

Gramsci
Gramsci ha vuelto a la actualidad política española. Más pretextos que buenas razones explican ese retorno. A mitad de los años ochenta del siglo pasado, el filósofo argentino Ernesto Laclau, junto a la politóloga Chantal Mouffe, compusieron una versión “posmoderna” de las categorías de Gramsci. Les sirvió más tarde para remozar el populismo peronista y dar una apariencia teórica al tosco “socialismo bolivariano”. Esa versión la importó Podemos de la mano de Íñigo Errejón, quien no solo consiguió hacer inteligible esa chocante versión, sino convertirla en soporte doctrinal de su formación política y uno de sus recursos de seducción. Una vez más la ingente personalidad de Gramsci estimula una enésima resurrección del interés por el político italiano al precio de hacer decir a Gramsci lo que no dice y aparecer como lo que no es.

Ramón Vargas-Machuca Ortega, El Gramsci de todos, El País 27/04/2017

vegeu més del mateix autor en:

Gramsci según Gramsci, y Gramsci según Podemos, Revista de Libros 14/12/2016